09/10/2021
Ya tengo mi título, ahora toca convertirlo en una forma de relacionarme con la arquitectura, con las personas, con el entorno.
La arquitectura es una manera de vestirnos, de proteger nuestro cuerpo, es un traje a largo plazo. Esa “ropa” debe ser cómoda, segura, confortable, acogedora, bella… La función primordial de cualquier prenda es ayudarnos a gestionar el intercambio de energía, entre nuestro cuerpo, térmicamente estable, y el entorno variable.
Toda la arquitectura, desde el origen de los tiempos, tuvo esa función, la eficiencia energética no es nada nuevo. Todas las arquitecturas vernáculas se adaptan a su clima y procuran conseguir el máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo.
La irrupción de la tecnología, la fe en sus posibilidades “ilimitadas”, el uso y abuso de recursos, nos hizo creer que podíamos construir ignorando el lugar y sus características. Denostamos las soluciones tradicionales, entendidas como antiguas y obsoletas. Nuestras ciudades se transformaron rápidamente, acumulando espacios sin alma, indistintos de un lugar a otro.
Ahora estamos volviendo al piso, necesitamos aglutinar ambos factores: construcción de edificios sensibles con su hábitat, diseñados de cara a su entorno, combinado, con tecnologías eficientes que garantizan el confort con un mínimo consumo de recursos renovables.
La arquitectura hoy, como siempre, es un compromiso con el entorno.