03/12/2024
Una de las cosas buenas de ser arquitecto (la verdad todavía no sé si tiene muchas o pocas) es que se te agudiza el sentido de la paciencia. Pienso a menudo en esto siempre que me llegan las primeras fotos de alguna obra terminada.
Pienso en todo lo que hay detrás de esas imágenes limpias y pulcras. Modernas, atractivas, desafiantes.
Pienso en el principio, en la primera vez que pisa uno la parcela, con una casucha herrumbrosa y medio derruída y un nuevo dueño ametrallándote a preguntas inconexas: que si cuántas casas caben, que si el terreno será bueno, que si el precio del metro cuadrado de construcción...,y uno ahí, intentando abstraerse a toda costa del sermón e imaginando volúmenes, sombras, luces, pérgolas, claroscuros.
Pues sucede que, tiempo después, (tampoco acierto a saber aún muy bien cómo), el día más insospechado llegan al estudio las imágenes de aquello que uno había imaginado.
Como si se tratase de un milagro.
Y entonces siempre se apodera de mí la misma sensación, no sé si ha pasado un siglo o si no ha sido más que un fugaz parpadeo lo que ha transcurrido entre la primera visita a la parcela y el momento en el que los operarios de la tienda de muebles le retiran el envoltorio al sofá del salón mientras el propietario sonríe de oreja a oreja ufano y henchido por su buen gusto mobiliario.
(Por cierto el sofá suele ser horroroso...).
Lo dicho: me sigue pareciendo un milagro.