21/09/2025
* Con aprecio, cariño y reconocimiento para el arquitecto Pedro Eleazar Villa.
EL asiento del carrito rojo “Forcito” 42 en el que repartía hielo mi papá era tan duro que a veces pensaba yo que iba sentado sobre una piedra. Era toda una monada: sin puertas, retrovisores amarrados con cables, el piso aportillado, las loderas y el cofre eran láminas torneadas artesanalmente y que, desvencijado y todo no se rajaba. Cuando “la marcha” se metía en sus tiempos de “sonsa”, que era seguido, nos daba mucha lata para terminar la faena. A “arrempujones” pero teníamos que terminar la ruta. Tenía unos estribos “asobronados”, anchos y largos que hasta cabíamos dos chiquillos parados listos para brincar, aun cuando el Kalimán (así le pusimos al “Forcito”) estuviera en movimiento. Con esos estribos así, mi papá se daba vuelo subiendo o bajando, corriendo o gritando –“hielo, hielo” o cosas muy propias de su labor. Con tenis o botas de hule mi papá siempre se veía muy ligero. Para mí, un imberbe de 5 o 6 años, verlo trabajar era un privilegio que aún guardo en mi mente de lo que me siento muy orgulloso. Él agarraba el volante con una fuerza muy superior a la de un superhéroe, cambiaba velocidades sin mirar la palanca que no era más que una varilla de media pulgada soldada a la caja de velocidades que salía desde el piso hasta su diestra mano, con una dinámica atribuible a un experto y a mí, que iba en aquel asiento que me aplanaba más las nalgas de cómo las tenía, me encantaba ver sus dedos grandotes, ásperos y duros como una piedra como los de La Mole, que cuando se quedaban quietos, de ellos escurrían hasta el piso, gotas de agua del hielo que me gustaba contar hasta que dejaban de caer. Creo que hasta podía oír el golpeteo de las gotitas sobre la lámina del piso del “Forcito”.
Ya sobre la ruta de las entregas de hielo, había recorridos que eran larguísimos, donde el “Forcito” no rajaba; se fajaba bien y bonito, con un ronroneo tan fuerte que en ocasiones yo pensaba que iba a tronar el motor y me tapaba los oídos con mis manos para oír menos, pero nunca pasó, afortunadamente, no que yo recuerde. Esos tramos larguísimos a los que me refiero son: desde la tienda La Michoacana en San Pedrito hasta La Flechita; de La Flechita a Las Bombas (lo que ahora se conoce como la entrada a Barrio I) de Las Bombas al crucero de Las Brisas donde estaba una estación de la SOP (Secretaría de Obras Públicas) que, dicho sea de paso, fue creada desde el gobierno de Porfirio Díaz en 1891 hasta el gobierno de Luis Echeverría. Desde el crucero de Las Brisas hasta Salagua, Santiago y desde Las Peñitas hasta la Terraza Ceballos, Las Hamacas, Las Chozas y La Terraza del Indio hasta llegar a Miramar. Esa era la ruta en términos generales. Entre esos puntos que menciono todo estaba desolado; no había nada. Eran grandes baldíos y huizacheras.
A mi papá le gustaba platicar con nosotros en los traslados. Mientras él manejaba, hablaba y nosotros escuchábamos. Aunque mi papá nunca puso un pie en un salón de clases, cuando nos explicaba alguna cosa nos preguntaba: - ¿les queda claro, tienen alguna pregunta? - Y nosotros ni chistábamos. Yo pegado a mi papá, mi hermano Héctor a un lado de mí y del lado de la portezuela fantasma, casi volando, con un pie en el estribo mi hermano Lalo, por ser el más grande, aunque su edad no rebasara los 8 o 9 años.
En una ocasión, llegamos a entregar el hielo a Las Hamacas en Miramar. Yo tenía cinco años, Héctor siete y Lalo nueve. Eso se me quedó herrado como cuando le queda la marca a un animal cuando le ponen un hierro candente para acreditar la propiedad. Yo no iba ni a la primaria aún y ya recibía estudios de posgrado de parte de mi papá. Paró el “Forcito” y nos pidió que no nos bajáramos y que pusiéramos atención a lo que nos iba a decir; volteamos los 4 hacia afuera como nos lo indicó. Yo recuerdo un Volkswagen sedán blanco de donde descendieron el Ing Efraín R. Villa Valenzuela y su pequeño hijo Pedro Eleazar Villa Michel; los nombres de ellos los supe hasta después. El ingeniero Villa llevaba un rollo de planos en sus manos y “Pedrillo”, -dicho con aprecio y cariño- lo seguía. Entraron al restaurant -entiendo que el Ingeniero Efraín iba por lo del algún trabajo- Los dos iban bien vestidos, zapatos y ropa limpia, bien peinados y sumamente educados, al pasar, nos saludaron; un “buenos días” sonoro, educado, firme y dirigido a nosotros de parte de ellos, que alcanzamos a contestar los cuatro, mi papá y mis hermanos, con un “buenos días” también firme y educado. Mi padre espetó con sus palabras dirigidas a los tres como si fuera una clase de cualquier universidad: "aquí tienen dos ejemplos de familias, la del ingeniero Villa y la de nosotros. ¿Alcanzan a ver las diferencias? El ingeniero Villa fue a la universidad y yo no. Nosotros vivimos al día, y ellos no. Nosotros tenemos que trabajar todos los días y ellos por lo menos descansan los domingos y por las tardes. Ellos aprenden más cosas aparte de lo que se aprende en las escuelas públicas y nosotros nomás lo que nos enseñan en ellas y a muchos de nosotros las circunstancias nos impiden asistir". -MI papá siguió:- “por eso les digo, yo trabajaré todos los días para que a ustedes no les falte la escuela. Quiero verlos a todos profesionistas para que sus días sean como los del ingeniero Villa y los de todos ellos y no como los de nosotros que llueva, truene o relampagueé, sábados, domingo y días festivos (25 de diciembre y 1 de enero) tenemos que trabajar, si no, no comemos” Hasta ahí terminó mi papá en esa ocasión. Mis hermanos y yo habíamos aprendido esa lección. Nunca advertí en mi papá un dejo de ventaja o de envidia en sus palabras. Ni en esa ocasión ni en ninguna otra. Era fuerte mental y físicamente y tenía una resiliencia impresionante. Virtudes de las que de él aprendí muchísimo durante todo mi proceso universitario.
Siendo como es el destino, al paso de los años me los encontré, en diversas circunstancias a los dos; al ingeniero Efraín R. Villa y a su hijo Pedro Eleazar Villa Michel. Sucede que Pedro es de mi edad; cursamos la secundaria en la misma escuela. Él en primero A y yo en primero B. La primera vez que nos encontramos en los pasillos de la escuela lo pude identificar; yo reconocí a aquel niño que acompañaba al ingeniero Villa a su trabajo y que mi papá, sin permiso de ellos, los había tomado de ejemplo para nosotros; y él solo me vio a los ojos y me saludó muy amablemente. Era un tipo educado, noble y carismático. Él jugó futbol en Brisas y yo en Real Azteca y nos enfrentamos varías veces. En la cancha y en los pasillos de la escuela siempre me buscaba con la mirada o iba a donde estaba y me saludaba cordialmente. En el futbol yo era duro, rudo, fuerte, pateaba arriba y abajo, brincaba como conejo con resortes. Él era fino, elegante, rápido, caracolero, líder, fuerte, le pegaba con las dos piernas, conducía con maestría la pelota y tenía un resorte impresionante. Cabeceaba bien. Nunca jamás se quejó de mi rudeza o dureza. Ante todo, siempre sonreía. Al término de cada partido iba y se despedía de mí. Reitero, era un tipo noble. Reacción contraria a lo que se pudiera pensar. Después coincidimos en Loros en alguna ocasión.
Después lo dejé de ver. Él se había ido a estudiar a Guadalajara y yo a la Universidad de Colima, coincidentemente los dos estudiamos arquitectura. Pasados los años lo volví a ver siendo yo funcionario municipal y luego estatal. Cuando iba a hacer trámites, en muchas ocasiones yo lo atendía personalmente y él, sumamente amable, educado y profesional me saludaba y platicábamos del pasado, del presente y del futuro.
Tiempo después, el destino quiso que yo le recibiera la Dirección de Obras Públicas de Manzanillo al ingeniero Efraín R. Villa (su papá) en el cambio de administración de Martha Sosa a Rogelio Rueda y pude platicar con él ampliamente. Experto, educado, amable, profesional, muy buenas personas ambos.
Me llenó de mucha tristeza saber del fallecimiento de Pedro Eleazar Villa. Creo que le faltó vivir muchos años más. Tuvimos varios encuentros todavía como constructores hace algunos meses y nuestra relación fue, como siempre, como desde niños, una relación de amigos, de harto aprecio, afecto y mi más alto reconocimiento hacia su persona. Él, seguro se encuentra a un ladito del creador satisfecho por su vida personal y profesional y yo sigo siendo solo un soñador. Sin duda, me hubiera gustado decirle alguna vez que él y su papá fueron, gracias al ejemplo que nos puso mi papá aquella ocasión, una motivación para mi carrera. Descanse en paz mi querido amigo Pedro Eleazar Villa.