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02/04/2026

Diadoco de Foticé

Sobre la perfección espiritual. (Capítulos 6. 26. 27. 30: PG 65, 1169. 1175-1176)
El discernimiento de espíritus se adquiere por el gusto espiritual

El auténtico conocimiento consiste en discernir sin error el bien del mal; cuando esto se logra, entonces el camino de la justicia, que conduce al alma hacia Dios, sol de justicia, introduce a aquella misma alma en la luz infinita del conocimiento, de modo que, en adelante, va ya segura en pos de la caridad.

Conviene que, aun en medio de nuestras luchas, conservemos siempre la paz del espíritu, para que la mente pueda discernir los pensamientos que la asaltan, guardando en la despensa de su memoria los que son buenos y provienen de Dios, y arrojando de este almacén natural los que son malos y proceden del demonio. El mar, cuando está en calma, permite a los pescadores ver hasta el fondo del mismo y descubrir dónde se hallan los peces; en cambio, cuando está agitado, se enturbia e impide aquella visibilidad, volviendo inútiles todos los recursos de que se valen los pescadores.

Solo el Espíritu Santo puede purificar nuestra mente; si no entra él, como el más fuerte del evangelio, para vencer al ladrón, nunca le podremos arrebatar a este su presa. Conviene, pues, que en toda ocasión el Espíritu Santo se halle a gusto en nuestra alma pacificada, y así tendremos siempre encendida en nosotros la luz del conocimiento; si ella brilla siempre en nuestro interior, no solo se pondrán al descubierto las influencias nefastas y tenebrosas del demonio, sino que también se debilitarán en gran manera, al ser sorprendidas por aquella luz santa y gloriosa.

Por esto, dice el Apóstol: “No apaguéis el Espíritu”, esto es, no entristezcáis al Espíritu Santo con vuestras malas obras y pensamientos, no sea que deje de ayudaros con su luz. No es que nosotros podamos extinguir lo que hay de eterno y vivificante en el Espíritu Santo, pero sí que al contristarlo, es decir, al ocasionar este alejamiento entre él y nosotros, queda nuestra mente privada de su luz y envuelta en tinieblas.

La sensibilidad del espíritu consiste en un gusto acertado, que nos da el verdadero discernimiento. Del mismo modo que, por el sentido corporal del gusto, cuando disfrutamos de buena salud, apetecemos lo agradable, discerniendo sin error lo bueno de lo malo, así también nuestro espíritu, desde el momento en que comienza a g***r de plena salud y a prescindir de inútiles preocupaciones, se hace capaz de experimentar la abundancia de la consolación divina y de retener en su mente el recuerdo de su sabor, por obra de la caridad, para distinguir y quedarse con lo mejor, según lo que dice el Apóstol: “Y esta es mi oración: Que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores”.

Diadoco de Foticé

06/30/2025
06/17/2025

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12/30/2024

La Palabra hecha carne nos diviniza.

San Hipólito, mártir

Refutación de todas las herejías 10,33-34

No prestamos nuestra adhesión a discursos vacíos ni nos dejamos seducir por pasajeros impulsos del corazón como tampoco por el encanto de discursos elocuentes, sino que nuestra fe se apoya en las palabras pronunciadas por el poder divino. Dios se las ha ordenado a su Palabra, y la Palabra las ha pronunciado, tratando con ellas de apartar al hombre de la desobediencia, no dominándolo como a un esclavo por la violencia que coacciona, sino apelando a su libertad y plena decisión.

Fue el Padre quien envió la Palabra, al fin de los tiempos. Quiso que no siguiera hablando por medio de un profeta, ni que se hiciera adivinar mediante anuncios velados; sino que le dijo que se manifestara a rostro descubierto, a fin de que el mundo, al verla, pudiera salvarse.

Sabemos que esta Palabra tomó un cuerpo de la Virgen, y que asumió al hombre viejo, transformándolo. Sabemos que se hizo hombre de nuestra misma condición, porque, si no hubiera sido así, sería inútil que luego nos prescribiera imitarle como maestro. Porque, si este hombre hubiera sido de otra naturaleza, ¿cómo habría de ordenarme las mismas cosas que él hace, a mí, débil por nacimiento, y cómo sería entonces bueno y justo?

Para que nadie pensara que era distinto de nosotros, se sometió a la fatiga, quiso tener hambre y no se negó a pasar sed, tuvo necesidad de descanso y no rechazó el sufrimiento, obedeció hasta la muerte y manifestó su resurrección, ofreciendo en todo esto su humanidad como primicia, para que tú no te descorazones en medio de tus sufrimientos, sino que, aun reconociéndote hombre, aguardes a tu vez lo mismo que Dios dispuso para él.

Cuando contemples ya al verdadero Dios, poseerás un cuerpo inmortal e incorruptible, junto con el alma, y obtendrás el reino de los cielos, porque, sobre la tierra, habrás reconocido al Rey celestial; serás íntimo de Dios, coheredero de Cristo, y ya no serás más esclavo de los deseos, de los sufrimientos y de las enfermedades, porque habrás llegado a ser dios.

Porque todos los sufrimientos que has soportado, por ser hombre, te los ha dado Dios precisamente porque lo eras; pero Dios ha prometido también otorgarte todos sus atributos, una vez que hayas sido divinizado y te hayas vuelto inmortal. Es decir, conócete a ti mismo mediante el conocimiento de Dios, que te ha creado, porque conocerlo y ser conocido por él es la suerte de su elegido.

No seáis vuestros propios enemigos, ni os volváis hacia atrás, porque Cristo es el Dios que está por encima de todo: él ha ordenado purificar a los hombres del pecado, y él es quien renueva al hombre viejo, al que ha llamado desde el comienzo imagen suya, mostrando, por su impronta, el amor que te tiene. Y, si tú obedeces sus órdenes y te haces buen imitador de este buen maestro, llegarás a ser semejante a él y recompensado por él; porque Dios no es pobre, y te divinizará para su gloria.

San Hipólito, mártir

https://youtu.be/eHiQHoSI5ZM
12/12/2024

https://youtu.be/eHiQHoSI5ZM

Lectura del libro de Isaías (41,13-20):YO, el Señor, tu Dios,te tomo por la diestra y te digo:«No temas, yo mismo te auxilio».No temas, gusanillo de Jacob,or...

Del Nicán Mopohua, relato del escritor indígena del siglo dieciséis don Antonio ValerianoUn sábado de mil quinientos tre...
12/12/2024

Del Nicán Mopohua, relato del escritor indígena del
siglo dieciséis don Antonio Valeriano

Un sábado de mil quinientos treinta y uno, a pocos
días del mes de diciembre, un indio de nombre Juan
Diego iba muy de madrugada del pueblo en que residía
a Tlatelolco, a tomar parte en el culto divino y a escu-
char los mandatos de Dios. Al llegar junto al cerrillo
llamado Tepeyac, amanecía, y escuchó que le llamaban
de arriba del cerrillo:

«Juanito, Juan Dieguito.»

Él subió a la cumbre y vio a una señora de sobrehu-
mana grandeza, cuyo vestido era radiante como el sol, la
cual, con palabra muy blanda y cortés, te dijo:

«Juanito, el más pequeño de mis hijos, sabe y ten en-
tendido que yo soy la siempre Virgen María, Madre del
verdadero Dios por quien se vive. Deseo vivamente que
se me erija aquí un templo, para en él mostrar y pro-
digar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos
los moradores de esta tierra y a los demás amadores
míos que me invoquen y en mí confíen. Ve al Obispo de
México a manifestarle lo que mucho deseo. Anda y pon
en ello todo tu esfuerzo.»

Cuando llegó Juan Diego a presencia del Obispo don
fray Juan de Zumárraga, religioso de san Francisco, éste
pareció no darle crédito y le respondió:

«Otra vez vendrás y te oiré más despacio.»

Juan Diego volvió a la cumbre del cerrillo, donde la
Señora del Cielo le estaba esperando, y le dijo:

«Señora, la más pequeña de mis hijas, niña mía, expu-
se tu mensaje al Obispo, pero pareció que no lo tuvo por
cierto. Por lo cual te ruego que le encargues a alguno de
los principales que lleve tu mensaje para que le crean,
porque yo soy sólo un hombrecillo.»

Ella le respondió:

«Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, que otra
vez vayas mañana a ver al Obispo y le digas que yo en
persona, la siempre Virgen santa María, Madre de Dios,
soy quien te envío.»

Pero al día siguiente, domingo, el Obispo tampoco le
dio crédito y le dijo que era muy necesaria alguna señal
para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Se-
ñora del Cielo. Y le despidió.

El lunes, Juan Diego ya no volvió. Su tío Juan Ber-
nardino se puso muy grave y, por la noche, le rogó que
fuera a Tlatelolco muy de madrugada a llamar un sacer-
dote que fuera a confesarle.

Salió Juan Diego el martes, pero dio vuelta al cerrillo
y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a
México y que no lo detuviera la Señora del Cielo. Mas
ella le salió al encuentro a un lado del cerro y le dijo:

«Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es
nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón
ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu
madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ven-
tura, en mi regazo? No te aflija la enfermedad de tu tío.
Está seguro de que ya sanó. Sube ahora, hijo mío, a la
cumbre del cerrillo, donde hallarás diferentes flores; cór-
talas y tráelas a mi presencia.»

Cuando Juan Diego llegó a la cumbre, se asombró mu-
chísimo de que hubiesen brotado tantas exquisitas rosas
de Castilla, porque a la sazón encrudecía el hielo, y las
llevó en los pliegues de su tilma a la Señora del Cielo.
Ella le dijo:

«Hijo mío, ésta es la prueba y señal que llevarás al
Obispo para que vea en ella mi voluntad. Tú eres mi em-
bajador muy digno de confianza.»

Juan Diego se puso en camino, ya contento y seguro
de salir bien. Al llegar a la presencia del Obispo, le dijo:

«Señor, hice lo que me ordenaste. La Señora del Cielo
condescendió a tu recado y lo cumplió. Me despachó a
la cumbre del cerrillo a que fuese a cortar varias rosas
de Castilla, y me dijo que te las trajera y que a ti en
persona te las diera. Y así lo hago, para que en ellas veas
la señal que pides y cumplas su voluntad. Helas aquí:
recíbelas.»

Desenvolvió luego su blanca manta, y, así que se es-
parcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Cas-
tilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa
imagen de la siempre Virgen santa María, Madre de Dios,
de la manera que está y se guarda hoy en su templo del
Tepeyac.

La ciudad entera se conmovió, y venía a ver y a admi-
rar su devota imagen y a hacerle oración, y, siguiendo el
mandato que la misma Señora del Cielo diera a Juan
Bernardino cuando le devolvió la salud, se le nombró,
como bien había de nombrarse: «la siempre Virgen san-
ta María de Guadalupe.»

10/07/2024
05/01/2024

San Jose Obrero.

Sobre la actividad humana en todo el mundo.

Del Concilio Vaticano II
Constitución Dogmática Gaudium et spes 33-34

Con su trabajo y su ingenio el hombre se ha esforzado siempre por mejorar su vida; pero hoy, gracias a la ayuda de la ciencia y de la técnica, ha desarrollado y sigue desarrollando su dominio sobre casi toda la naturaleza y, gracias sobre todo a las múltiples relaciones de todo tipo establecidas entre las naciones, la familia humana se va reconociendo y constituyendo progresivamente como una única comunidad en todo el mundo. De donde resulta que muchos bienes que el hombre esperaba alcanzar de las fuerzas superiores, hoy se los procura con su propio trabajo.
Ante este inmenso esfuerzo, que abarca ya a todo el género humano, el hombre no deja de plantearse numerosas preguntas: ¿Cuál es el sentido y el valor de esa actividad? ¿Cómo deben ser utilizados todos estos bienes? Los esfuerzos individuales y colectivos ¿qué fin intentan conseguir?
La Iglesia, que guarda el depósito de la palabra de Dios, de la que se deducen los principios en el orden moral y religioso, aunque no tenga una respuesta preparada para cada pregunta, intenta unir la luz de la revelación con el saber humano para iluminar el nuevo camino emprendido por la humanidad.
Para los creyentes es cierto que la actividad humana individual o colectiva o el ingente esfuerzo realizado por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios.
Pues el hombre, creado a imagen de Dios, recibió el mandato de que, sometiendo a su dominio la tierra y todo cuanto ella contiene, gobernase el mundo con justicia y santidad, y de que, reconociendo a Dios como creador de todas las cosas, dirija su persona y todas las cosas a Dios, para que, sometidas todas las cosas al hombre, el nombre de Dios sea admirable en todo el mundo.
Esta verdad tiene su vigencia también en los trabajos más ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y sus familias, disponen su trabajo de tal forma que resulte beneficioso para la sociedad, con toda razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen con su trabajo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia.
Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están por el contrario convencidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio.
Cuanto más aumenta el poder del hombre, tanto más grande es su responsabilidad, tanto individual como colectiva.
De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo, ni los lleva a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que más bien les impone esta colaboración como un deber.

02/18/2024

En Cristo fuimos tentados, y en él vencimos al diablo.

San Agustín.
Salmo 60,2-3

Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. ¿Quién es el que habla? Parece que sea uno solo. Pero veamos si es uno solo: Te invoco desde todos los confines de la tierra con el corazón abatido. Por lo tanto, si invoca desde todos los confines de la tierra, no es uno solo y, sin embargo, es uno solo, porque Cristo es uno solo y todos nosotros somos sus miembros. ¿Y quién es ese único hombre que clama «desde todos los confines de la tierra»? Los que invocan «desde todos los confines de la tierra» son los llamados a aquella herencia, a propósito de la cual se dijo al mismo Hijo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión los confines de la tierra. De manera que quien clama «desde todos los confines de la tierra» es el cuerpo de Cristo, la heredad de Cristo, la única Iglesia de Cristo, esta unidad que formamos todos nosotros.
Y ¿qué es lo que pide? Lo que he dicho antes: Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. Te invoco desde todos los confines de la tierra. O sea:»Esto que pido, lo pido desde todos los confines de la tierra «, es decir, desde todas partes.
Pero, ¿por qué ha invocado así? Porque tenía el corazón abatido. Con ello da a entender que el Señor se halla presente en todos los pueblos y en los hombres del orbe entero, con gran gloria, ciertamente, pero también rodeado de graves tentaciones.
Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones.
Éste que invoca desde los confines de la tierra está angustiado, pero no se encuentra abandonado. Porque a nosotros mismos, esto es, a su cuerpo, quiso prefigurarnos también en aquel cuerpo suyo en el que ya murió, resucitó y ascendió al cielo, a fin de que sus miembros no desesperen de llegar adonde su cabeza les precedió.
De forma que nos incluyó en sí mismo cuando quiso verse tentado por Satanás. Nos acaban de leer que Jesucristo nuestro Señor se dejó tentar por el demonio. ¡Nada menos que Cristo tentado por el demonio! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para él, y de él para ti la vida; de ti para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva, de ti para él la tentación, y de él para ti la victoria.
Si hemos sido tentados en él, también en él vencemos al demonio. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también vencedor en él. Podía haber evitado el demonio; pero si no hubiese sido tentado, no te habría aleccionado para la victoria cuando tú fueras tentado.

02/17/2024

La amistad de Dios.

San Ireneo.
Contra los herejes IV,13,4 - 14,1

Nuestro Señor Jesucristo, Palabra de Dios, comenzó por atraer hacia Dios a los siervos, y luego liberó a los que se le habían sometido, como él mismo dijo a sus discípulos: Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. Pues la amistad de Dios otorga la inmortalidad a quienes se le aproximan.
Al principio, y no porque necesitase del hombre, Dios plasmó a Adán, precisamente para tener en quién depositar sus beneficios. Pues no sólo antes de Adán, sino antes también de cualquier creación, la Palabra glorificaba ya a su Padre, permaneciendo junto a el, y a su vez la Palabra era glorificada por el Padre, como él mismo dijo: Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese.
Ni nos mandó que le siguiésemos porque necesitara de nuestro servicio, sino para salvarnos a nosotros. Porque seguir al Salvador equivale a participar de la salvación; y seguir a la luz es lo mismo que quedar iluminado.
Efectivamente, quienes se hallan en la luz, no son ellos los que iluminan la luz, sino ésta la que los ilumina a ellos; ellos por su parte no le dan nada, mientras, que, en cambio, reciben su beneficio, pues se ven iluminados por ella.
Así sucede con el servir a Dios, que a Dios no le da nada, ya que Dios no tiene necesidad de los servicios humanos; él en cambio otorga la vida, la incorrupción y la gloria eterna a los que le siguen y sirven, con lo que beneficia a los que le sirven por el hecho de servirle, y a los que le siguen por el de seguirle, sin percibir por ello beneficio ninguno de parte de ellos: pues él es rico, perfecto y sin indigencia alguna.
Por eso Dios requiere de los hombres que le sirvan, para beneficiar a los que perseveran en su servicio, ya que es bueno y misericordioso. Pues en la misma medida en que Dios no carece de nada, el hombre se halla indigente de la comunión con Dios.
En esto consiste precisamente la gloria del hombre, en perseverar y permanecer al servicio de Dios. Y por esta razón decía el Señor a sus discípulos: No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, soy yo quien os ha elegido, dando a entender que no le glorificaban, al seguirle, sino que por seguir al Hijo de Dios, era éste quien los glorificaba a ellos. Y por esto también dijo: Quiero que éstos estén donde estoy yo, para que contemplen mi gloria.

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