12/12/2024
En la Universidad de la Matanza enseñamos a dibujar. A veces les pedimos a nuestros estudiantes que hagan maquetas, que prueben con sus manos tal o cual superficie, que imaginen o verifiquen cómo pega el sol en un patio o debajo de un puente. Les pedimos que dimensionen un aula o la altura de un auditorio. Que estudien los recursos de Alvar Aalto y de Clorindo Testa. Que armen equipos, que los desarmen. Que visiten un museo. Que calculen los centímetros que tienen las escaleras de ancho. Que se midan los pies y los hombros. Que sepan del sol y del viento. Pero lo que más hacemos es enseñar a dibujar.
Hace poco reunimos voluntades y nos pusimos a construir una tribuna de madera. Juntamos plata, conseguimos los permisos y las herramientas. Nos donaron unas tablas. Y nos pusimos a trabajar con nuestras propias manos. Clavamos, cortamos, discutimos y medimos. Un esfuerzo gigantesco que sólo hacemos porque tenemos la sospecha de que al final de todo ese recorrido hay un dibujo. Un buen dibujo.