24/05/2026
Inglés, Jorge, JH.
Lo que empezó con un croquis se volvió una amistad inesperada, con la suerte de compartir la belleza de la obra con él -el hacer, la obra hecha-, la lógica tan sencilla pero tan acertada de cada línea dibujada y el relato siempre claro, con propósito y sentido, lleno de arquitectura y corazón. Pero también esos incontables almuerzos, cafés con medialunas y alguna copita de vino eventual. Las charlas de libros, de la vida, de las historias y recorridos, con su templanza británica pero su cariño ineludible que se notaba en sus sonrisas esquivas.
Admirador de R. Piano, de Foster, de B. Fuller, la técnica para él era razón, lógica, belleza y elocuencia. Amante de la vida en el más amplio de los sentidos, la cultura, el mundo, las personas, todo se trasladaba a su forma de ver la arquitectura en el contexto siempre atinado y preciso de su entorno.
Con paciencia y sin saberlo me transmitió el amor por la obra. Aprendí con su forma, su postura, sus frases. “Jorge, esto cómo lo van a hacer?” “El hombre lo hace.”
Junto con el celular llevaba su libreta de contactos en papel y colgada del bolsillo de la camisa su hermosa Lamy blanca con tinta negra que jamás -jamás- prestaba.
Jefe, maestro, consejero y amigo. Voy a extrañar nuestros almuerzos.