Una verdadera obra de arquitectura, es el resultado de un trabajo complejo, en el que los diferentes participantes del proceso de diseño deben incorporar a las particularidades de sus disciplinas, los requerimientos del cliente, y ajustarlos a las condiciones culturales, económicas y físicas del medio. Este proceso, debe ser guiado por el sentido común y la planificación; pero depende de la creat
ividad; y es el arquitecto con su oficio, el que, debe conducir e inspirar al equipo interdisciplinario, sintetizando todas las posiciones en una obra de arte y ciencia combinadas. El proceso de diseño se desarrolla detectando y clasificando todas las variables que intervienen en el proyecto con el análisis de múltiples alternativas de resolución. El proyecto, desarrollado como un proceso analítico de confrontación y debate de todas esas alternativas, con sus diferentes acentos en las distintas variables conceptuales, si bien es más complejo, enriquecerá el programa de necesidades y garantizará una gran obra de arquitectura. En nuestra oficina, cada proyecto es obsesivamente sometido a la verificación de parámetros
de funcionalidad, de las condicionantes de las ingenierías, de los costos, del significado urbano, de la composición, y de los cronogramas de plazo. Entendemos el diseño de edificios como una disciplina indisolublemente unida a la resolución ingenieril, pero conducida bajo la premisa inclaudicable del diseño creativo. Es por ello que en nuestra oficina diseñamos, producimos la documentación de ingeniería y dirigimos nuestros proyectos. Lo hacemos en el marco de la enorme complejidad de variables que durante todo el proceso se deben ajustar y monitorear para alcanzar el estatus de obra de arte que debe perdurar. La mayoría de esas veces lo logramos promoviendo la toma de conciencia de todos los participantes del proceso de diseño; clientes, funcionarios, y técnicos, sobre la importancia que las obras de arquitectura tienen en la vida de las personas.