03/10/2023
Tal vez recuerden que en la parábola del hijo pródigo, un joven le dice a su padre que está cansado de la vida en casa. Él desea su libertad.
Al llegar a un país lejano, rápidamente hace nuevos amigos y comienza a vivir la vida que siempre había soñado. Debe haber sido el favorito de muchos, porque gastaba dinero libremente. Sus nuevos amigos, beneficiarios de su prodigalidad, no lo juzgaban. Celebraban, aplaudían y respaldaban sus decisiones.
Si hubieran existido las redes sociales en aquella época, seguramente habría llenado páginas con fotos animadas de amigos riendo:
• # ¡Viviendomimejorvida!
• # ¡Nuncatanfeliz!
• # ¡Deberíahaberhechoestohacemuchotiempo!
Sin embargo, la fiesta no duró mucho.
Pronto, el hambre, la soledad y el remordimiento lo afligieron. Se debatió con la idea de regresar a casa. ¿Sería bienvenido? Finalmente, volvió en sí. Sabía lo que tenía que hacer.
No mucho después, su padre miró hacia el camino que conducía a casa y vio a una figura lejana que caminaba hacia él.
El padre supo al instante que era su hijo. Corrió hacia él, lo abrazó y lo besó.
Mis queridos amigos, como todas las parábolas del Salvador, esta no se trata solo de personas que vivieron hace mucho tiempo. Se trata de ustedes y de mí, hoy.
¿Quién de nosotros no se ha apartado de la senda de la santidad, pensando neciamente que podríamos encontrar más felicidad siguiendo nuestro propio camino egocéntrico?
¿Quién de nosotros no se ha sentido humillado, desconsolado y desesperado por obtener perdón y misericordia?
Tal vez nos hemos preguntado: “¿Es posible siquiera regresar? ¿Seré etiquetado para siempre, rechazado y evitado por mis antiguos amigos? ¿Es mejor permanecer perdido? ¿Cómo reaccionará Dios si trato de regresar?”.
Esta parábola nos da la respuesta.
Nuestro Padre Celestial correrá hacia nosotros, Su corazón rebosante de amor y compasión. Él proclamará: “¡Hoy celebramos, porque mi hijo, que había mu**to, ha vuelto a la vida!”.
El cielo se regocijará con nuestro regreso.