09/07/2019
La casa extrema
Dominique Boudet , editor de la revista francesa de arquitectura AMC Le Moniteur, a la hora de construir su propio hogar, demandaba de la resolución de un programa sencillo: una casa familiar para una pareja con una hija que un día crecerá y dos premisas básicas: poder nadar lejos de las miradas indiscretas y aprovechar las vistas del lejano Bois de Boulogne y de la Torre Eiffel. Pero los azares de la existencia y un golpe del destino hacen de él un aficionado apasionado por la arquitectura. Durante años, visitó, examinó, contempló todo lo sublime que ha sido construido por la arquitectura moderna motivado por su condición de editor revistas de arquitectura. Entonces decide que su casa debía estar a la altura de las casas paradigmáticas del siglo XX. Sin poder contar con Mies, Le Corbusier o Aalto, busca a su equivalente contemporáneo y lo encuentra en Koolhaas quien acepta el encargo.
Tal como sucedió con Palladio en el renacimiento, Le Corbusier durante el movimiento moderno, o con Robert Venturi en los años setenta, Rem Koolhaas es considerado como el arquitecto más influyente de la escena de la arquitectura en los albores del siglo XXI y su peso en la cultura, tiene mucho que ver con el hecho de que además de ser arquitecto sea un prolífico teórico. En sus obras y en sus escritos parte de la tradición racionalista moderna, en especial de Le Corbusier, cuyas ideas y proyectos continuamente revisa y pervierte integrándolos con las aportaciones más trasgresoras e inquietantes de la cultura contemporánea: un surrealismo tardío, una ambigua relación con el sistema productivo, y un sabio uso de la cultura del fragmento.
La casa está situada en el tranquilo suburbio de Saint-Claud al oeste de París, una colina desde donde se puede observar la capital a lo lejos. La calle donde se localiza tiene una suave pendiente y está flanqueada por grandes mansiones tradicionales construidas de piedra ma**za de colores cálidos y asentadas en el lote a la manera de villas rodeadas de jardines.
Ante este contexto y como única concesión al entorno, Koolhaas conserva al frente del jardín el antiguo muro revocado que limitaba el solar hacia la calle. Mientras que todas las demás viviendas del barrio están construidas pegadas a la calle y con el jardín detrás, ésta se ubica hacia el fondo del lote invadiendo la privacidad de sus vecinos lo que generó no pocos problemas en el desarrollo del proyecto y la posterior construcción de la vivienda.
De ese terreno estrecho, con una pendiente pronunciada y constreñido entre sus medianeras y por las exigencias urbanísticas, el arquitecto consigue sacar partido sutil resolviendo las cuestiones a través de una simplicidad que raya en lo evidente, parece haber sido construido con una tranquilidad, una indolencia calculada que borran todo rastro de esfuerzo o de hazaña:
“En este lugar, todo se vuelve extraño, está todo como puesto al revés, y en ello reside su encanto. La mirada queda embargada por el movimiento de esta arquitectura dinámica e inestable. Pilotis, voladizos cargados de tensión, espacio interior fluido, promenadearchitecturale, muerte de la ventana, cajas contrapuestas a momentos de total transparencia, racionalismo e intransigencia, rechazo del retraimiento y proyección hacia el mundo exterior, a cielo abierto. Todos los estereotipos de la arquitectura moderna están allí, todos los tópicos de la vanguardia. Pero un poco desplazados, maltratados en un collage manierista que deja sin aliento, con hiatos sutiles, encadenamientos, disonancias rigurosamente controladas por un gran artista extremamente libre, una pizca de perverso o decadente quizás, que se ríe en tono severo de los dogmas o de las soluciones demasiado establecidas”
La casa no disimula su modernidad; una vez pasada una puerta de chapa lisa, se descubre un curioso objeto: una caja de chapa ondulada soportada por una serie de temblorosas columnas metálicas y por un pedestal enterrado a medias en la pendiente del terreno y revestido por su parte visible mediante lajas irregulares (el toque vernáculo).
Didi y Dominique Boudet se ven a sí mismos como una pareja discreta, junto con su hija constituyen una familia pequeña con los rituales típicos de cualquier familia francesa educada.
La respuesta de Koolhaas a sus demandas funcionales parte de presentar una división bien marcada entre el área social y el área íntima a las que ubica en la planta principal y planta alta respectivamente. El área social se caracteriza por la fluidez del espacio y la ausencia casi total de amoblamientos. Pareciera que los Boudet no son muy afectos a las reuniones ya que la casa no cuenta con un lugar espacioso apto para su desarrollo, sólo tres sillones cúbicos de Le Corbusier lo amueblan; Koolhaas ha pensado que basta con eso, considera que lo importante son las vistas que rodean la sala por todas partes.
El área íntima se presenta con una división bien marcada entre el dormitorio de los padres y el de la hija, de tal forma, que actúan como departamentos individuales con un área de servicios propia y accesos independientes desde la planta principal, lo que remarca la demanda de privacidad por cada uno de los integrantes de la familia.
El partido, si se quiere convencional hasta el momento, nos sorprende cuando en la terraza se ubica la piscina, azul, larga, en situación vertiginosa y casi sin barandas de protección, a la que se accede únicamente desde el cuarto de los padres. Su presencia es posible gracias a una serie de artilugios estructurales que Koolhas se encarga de ocultar escrupulosamente. Desde esta terraza se tiene una espectacular vista del horizonte parisino con la Torre Eiffel como protagonista.
En una actitud análoga a la de un artista pop el arquitecto recurre para la construcción de la villa a materiales industriales corrientes utilizados sin tratamiento: Chapa ondulada para las envolventes exteriores, enchapado de madera de embalaje para el largo muro-mueble interior y barandas de plástico para la terraza son algunos de los materiales con los que nos sorprende por lo poco convencional de su aplicación.
“También es natural la manera de utilizar un número limitado de materiales preciosos o triviales ⎯mármol, parqué o linóleo en el suelo, cortinas de seda y yeso encerado⎯ sin jerarquía aparente, tan sólo por lo que son. La pared de la cocina da fe de ello, un simple redondel de poliéster ondulado que adquiere aires de papel japonés. Se puede pensar en Mies van der Rohe, por supuesto, por la teatralidad discreta del lugar.”
La casa discurre en un lote relativamente pequeño flanqueado por una serie de casas decimonónicas y próximo a dos villas de Le Corbusier con las que dialoga sutilmente. El arquitecto resuelve el problema del tamaño del lote dividiéndolo en tres franjas orientadas en sentido este a oeste. La primera se utiliza como acceso asfaltado al garaje el que se encuentra enterrado bajo el jardín, la segunda la ocupa la vivienda y en la tercera se crea un jardín que incluye la entrada peatonal a la casa; en la parte trasera se conservaron los árboles existentes.
La volumetría se limita a un estrecho prisma trapezoidal apoyado sobre el plano del terreno que contiene los espacios principales de recepción. Este volumen principal se dispone en el eje de la parcela, reservándole a los dormitorios los dos volúmenes perpendiculares a este cuerpo principal en la planta superior. Dicha configuración permite abrir las zonas de estar de la planta baja al jardín mediante paredes deslizantes que alternan la transparencia del cristal claro, la traslucidez del cristal opalino y el claroscuro de las persianas de bambú. La piscina de la terraza aparece como flanqueada por estos paralelepípedos forrados en chapa que parecen suspendidos en el aire.
El resultado es una arquitectura dinámica e inestable donde todos los estereotipos de la arquitectura moderna se entremezclan con todos los tópicos de vanguardia contemporáneos, pero ensamblados mediante la actitud manierista de un gran artista extremadamente libre, que se burla de los dogmas o de las soluciones demasiado establecidas. Quizás la actitud que buscaba Dominique Boudet al encargarle su casa al que, según su criterio, es el maestro de la arquitectura de nuestros días.
“…Lo que emana de la Villa dall'Ava es más bien una especie de puritanismo voluptuoso (que sin duda alguna el cliente negaría). Pero el placer y el orgullo que se pueden leer en el brillo de una mirada son elocuentes. El arquitecto y sus cómplices cumplieron su contrato.”