09/04/2026
Hay casas donde uno no entra… sino que decide cómo entrar.
Desde el inicio, este proyecto en Chía nos planteó una condición poco común: dos accesos, dos formas de habitar la misma arquitectura. Uno más íntimo, casi silencioso, que recibe desde abajo en el estar de alcobas. Otro más abierto, social, que llega desde arriba y conecta de inmediato con las áreas públicas. Y entre ambos, esta escalera.
Más que un elemento de circulación, la pensamos como una pieza que organiza la experiencia. El ladrillo del exterior, también guía. La luz cenital cae justo donde debía, marcando el recorrido sin necesidad de señales. Y la madera, en cada peldaño, introduce ese contraste cálido que hace que subir o bajar no sea solo un tránsito, sino una pausa breve.
La baranda ligera y el vacío contenido permiten que todo se conecte visualmente, pero sin perder esa sensación de refugio en cada nivel. Desde abajo, la escalera invita. Desde arriba, revela.
Y en ese punto medio, ni completamente privada ni del todo pública, aparece algo interesante: un espacio que no suele estar en el programa, pero que termina siendo uno de los más habitados. Una silla, una alfombra, una planta… y de repente, la circulación se vuelve estancia.
Porque cuando una casa tiene más de una forma de ser recorrida, la arquitectura deja de imponer y empieza a acompañar.
Al final, no se trata solo de cómo se sube o se baja… sino de todo lo que pasa en el camino.