20/05/2025
Querida Valeria,
Te escribo desde ese hotel que mira al mar en cuya contemplación perdíamos las horas. No nos han dado la misma habitación que solíamos ocupar vos y yo, pero casi: estamos en la de al lado. Naturalmente, mi novia no sabe nada de esto. Me pregunto si el venir con ella a los mismos sitios a los que iba con vos es un rasgo de insensibilidad o una muestra de amor. Y, si es una muestra de amor, hacia quién. Los hombres somos muy poco fieles con nuestras parejas, pero es ejemplar la fidelidad que guardamos a sus fantasmas. Ya ves, te quejabas de mis infidelidades y ahora que te has librado de mí estoy, a tu pesar y al mío, contigo a todas horas.
No dejo de preguntarme qué querías demostrar o demostrarte cada vez que estallaba en casa una infidelidad. Ahora que ya no me querés, puedo decirte que estuve con muchas más de las que tú llegaste a conocer. Lo curioso es que la beneficiaria de mis aventuras todas eras vos. Nunca te he querido más que cuando regresaba a casa después de haberme revolcado en la cama de un hotel con cualquier amante ocasional. ¿Por qué es tan difícil entender algo tan claro? ¿Qué te jugabas vos cuando yo me jugaba la vida arrancando unas faldas nuevas o explorando los jugos de otros cuerpos?
Son las cuatro de la mañana (no he perdido la costumbre de madrugar). Mi novia actual duerme plácidamente mientras escribo esta carta que no recibirás. Todavía no la he engañado, en parte por falta de tiempo (llevamos apenas tres meses), pero sobre todo porque creo que no la quiero hasta ese punto; ella tampoco a mí, es cierto: nos hemos encontrado en ese tramo de la vida en que uno ya sabe lo que puede obtener del otro y a qué precio. Y desde la habitación de al lado, Valeria, la que fue nuestra, se escucha un ruido de infidelidad atroz, quizá porque quizá ignoran que todo algún día fracasará por un exceso de amor.
Te amo. Besos.
Bruno.